lunes, 8 de octubre de 2007

La Hendija

El espíritu se estremeció junto con las sábanas, ella no quería salir de su refugio de tela. Tenía miedo de mirar el mundo hostil que estaba fuera de sus cuatro paredes manchadas. Temía que cualquiera la señalara y la criticara tan sutilmente que cayera en la desesperación y agonizara más rápido.

Pensaba en aquel sol que partió hacia la noche para no volver jamás. Recordaba los pocos momentos de felicidad ofrecidos por sus cercanos. Repetía las duras imágenes de la pérdida, una y otra vez, hasta llorar del dolor. Meditaba sobre su trayectoria que huía tras melodías y letras.

Sus amores ya no eran la fuerza suficiente para andar. Su familia no importaba en la etapa que envolvía su mente. Sus amistades se volvieron una molestia. Aunque su gemela latía pendiente en su corazón. Y el cuerpo sentía frío por su alma muerta.

Estaba desnuda, revolcándose entre las astillas. Escuchaba sus pensamientos decirles volar. Cuando era presa de la confusión, salía de su cama para sentir la dureza del suelo. Tocaba la transparencia de la ventana que le mostraba la realidad cubierta de un lienzo. Corría hacia la puerta, el momento que chillaba por su apertura, pero al llegar esta se golpeteaba con el límite.

Olvidó el brillo de las estrellas por la oscuridad eterna. Su cabeza apoyada en la suavidad de una almohada, le acariciaba como aquellos tiempos de amor dibujados por la imaginación. Respiraba tranquila atraída por el sabor de la pena, alcanzando la plenitud.

Todo fue interrumpido por un murmullo. Era un tenue sonido transformado en luz. Ciega, se arrastró hacia la vertical madera. Tocó el resplandor y sus manos calientes se volvieron fuego.

Reconoció las notas correspondientes a la esperanza. No sabía su nombre exacto pero cada segundo florecía algo en su interior. Ella pensaba que podría ser la hora de la resurrección. Podría salir al campo que le fue negado por el infame destino. Caminar por un verde valle y oler las margaritas. Hasta podía tocar a las aves.

Cuando abrió sus ojos, supo que la hendija era su única aliada. Ella interesada, repartía los sueños de acuerdo al instante de soledad. Alegraba, satíricamente, al cuerpo casi inmóvil para darle el final feliz que la vida no pudo ofrecerle, aún cuando pisaba el llano.

La mujer estaba de lado, mirando hacia su compañera. Prendió la radio que entonaba la última balada. Abrió sus alas y partió hacia el manto azul, dichosa por haber cumplido su afán, morir.

laranka

2 comentarios:

Dario Orellana dijo...

Bienvenida al mundo bloggero, interesante tu relato, ya verás que liberador es tener un blog.

SZ! dijo...

Ete!, estamos subidos no?, en el gran nuevo mundo.....sz!


artebra.blogspot.com